Gotemburgo, Suecia

La primera toma de contacto con la ciudad de Gotemburgo

Gotemburgo, Suecia

Durante un largo tiempo, he querido incluir sugerencias musicales que pudieran tener relación con nuestros artículos. Quizá sólo sea de mi propio gusto, así que siéntete libre de ignorar mis ideas completamente. Sin embargo, si vas a estar leyendo y quieres elegir un álbum de música, me gustaría recomendarte una banda sonora para éste y el resto de artículos de Suecia, que es el disco de Jens Lekman titulado “When I Said I Wanted To Be Your Dog”. Este fue el álbum que escuché mientras vagaba por las calles de Göteborg, Suecia.

Mi avión aterrizó en Göteborg después de una insoportable y larga espera en Alemania, en una noche helada. Aunque mi mejor recuerdo fue el maravilloso atardecer desde la ventana del avión, junto con las preciosas estampas de las campiñas exteriores congeladas. Esto era lo que yo esperaba de un país del norte, frío e increíblemente natural. De hecho, en el avión nos dieron para comer un pepino y un sándwich de queso, algo aparentemente común en Suecia y bastante sabroso, pero muy distinto de cualquier comida americana o española que yo hubiera probado.

Gotemburgo, Suecia

Afortunadamente para mí, porque no sé nada de sueco, mi amiga quedó conmigo en el aeropuerto y cogimos el tranvía hasta su apartamento. Estaba realmente emocionada con los tranvías debido a una canción del álbum que mencioné al principio, la cual se titulaba “Tram #7”. En Estados Unidos, desafortunadamente, la totalidad de los tranvías murieron hace tiempo. Mi madre a menudo recordaba cuando montaba en el trolebús de Pittsburgh en su juventud, y por otro lado están los famosos teleféricos de San Francisco (aunque claro, son famosos porque son únicos). En Göteborg, los tranvías eran como escenarios para un álbum de indie pop, o a lo mejor estoy exagerando un poco. En realidad, eran vagones con aspecto de cajas a medias entre un metro que va encima de la tierra y un autobús, y claro, por su propia vía para poder ir por la ciudad.

Primera noche y como habíamos llegado tarde nos fuimos directas a la cama para poder sacar el máximo provecho de nuestro siguiente día de visitas. Mi amiga había preparado su pequeña guía turística completa para mí, con mapas y recomendaciones para recorrer la ciudad sin hablar el idioma, por lo que estaba ansiosa por empezar. Aunque, lo admitiré, estaba nerviosa por estar en un país donde no conocía el idioma y donde la unidad monetaria no era nada familiar, ya que Suecia no usa el euro. No obstante me fui a la cama con el conocimiento de que el día siguiente iba a estar cargado de cosas que ver y hacer.

Gotemburgo, Suecia

A la mañana siguiente, mi primera parada, después de desayunar en el piso de mi amiga, fue el parque Slottsskogen. Éste es un parque público que mide 137 hectáreas y que tiene acceso fácil usando el tranvía. Me sorprendió encontrar una especie de pequeño zoo donde habitaba un tipo de pájaro que parecía un cisne negro (y a lo mejor lo era, pero como no podía leer el cartelito, sólo pude especular). También puedes ver bonitos paisajes y árboles que no tenían hojas todavía, con sus ramas entrelazadas en tonos de marrón y gris. Pero lo que más me gustó fue la parte con el lago y césped que me recordó mucho de Central Park y que habría sido el sitio perfecto para echar un partido de béisbol o fútbol en verano. Aunque estaba de visita un viernes, mientras andaba por el parque había un buen número de personas dando un paseo. Un dato curioso era que mucha gente iba con bastones para andar como si fueran de senderismo.

Tras pasar por el parque Slottskogen navegué para cruzar la gran calle y llegar al Botaniska Trägarden (los jardines botánicos). Dicen que estos jardines son los más grandes de Suecia y tienen muchas zonas temáticas, como por ejemplo un jardín japonés. Aun así, mi parte favorita fue una pequeña puerta de piedra que pude encontrar en la parte de arriba de una escalera. Parecía sacado de un cuento para niños, como si los hobbits se hubieran construido su propio rincón para compartir sus nueces encima de la pequeña colina. También había árboles y preciosos jardines que seguramente lo fueran más en primavera, pero como las flores todavía no habían salido, me quedó otra razón para volver a Göteborg.

Gotemburgo, Suecia

Desde allí cogí el tranvía hasta la parte más antigua de la ciudad (el distrito Haga), bajándome en Järntorget. La plaza se parecía a cualquier otra plaza central en otras ciudades, con una fuente en el centro, algo que parecía una tienda de cadena y la parada del tranvía, pero mientras deambulaba por las calles buscando una tienda especial de chocolate que mi amiga me había recomendado, me di cuenta de que esta zona era diferente. Las calles eran de adoquines y ¡los edificios eran bastante planos! A lo mejor, eso no tiene mucho sentido, pero era casi como si cada persona hubiera dibujado sus edificios con una regla y, como no había acera, parecía que el edificio terminaba de una manera muy brusca. También me impresionó la sencillez y falta de decoración en todo. Luego empecé a pensar en cómo tenía que haber sido esta zona en el pasado, en la mitad del invierno con un paisaje gris y mucha nieve y unas pocas horas de luz en el día. Junto a todo esto, encontré algunas tiendecitas pequeñas con dueños locales vendiendo desde lana hasta juguetes para niños y dulces.

Gotemburgo, Suecia

Sin embargo, mi tienda favorita fue la tienda de chocolate que me había comentado mi amiga. Tenía un toldo verde lima y habían pintado el edificio en un blanco cremoso. Dentro de la pequeña tienda tenían estanterías de vidrio, llenas de chocolates con concentraciones distintas de cacao.Se veían todos los tonos, desde un suave y cremoso chocolate con leche, pasando por un chocolate blanco como la nieve, hasta un chocolate negro que era tan oscuro que casi no era ni marrón. Al principio no entendí bien cómo funcionaba aquello, pero me fije en la mujer que estaba delante mía en la cola y cuando me tocó señalé seis bombones distintos para probar, y pagué con un billete que sabía iba a ser lo suficiente. Guardé el cambio en mi bolso y salí otra vez a la calle en aquella mañana fría, dejando que el chocolate dulce y amargo a la vez, se derritiera sobre mi lengua.

Gotemburgo, Suecia